En su último libro, “Ceguera moral” (Paidós. Barcelona),
ZYGMUND BAUMAN reflexiona sobre el mal en la sociedad contemporánea, que se
revela “en la cotidiana insensibilidad ante el sufrimiento ajeno… en lo que
concebimos como normalidad y en la trivialidad y banalidad de la vida
cotidiana…
Bauman escribe sobre la “ceguera moral” a partir del concepto de
“diáfora”, el acto de situar algunos
de los actos de los seres humanos fuera de las valoraciones y obligaciones
morales, una especie de “entumecimiento moral”.
En nuestra vida
apresurada, cuyos ritmos están dictados por “guerras de audiencias” e “ingresos
de taquillas”, extenuados por la información sensacionalista o sin valor
absorbidos por las últimas tendencias tecnológicas, corremos el riesgo de
perder la sensibilidad ante los problemas de los demás. Y a propósito de esto
se me ocurre relacionarlo con los últimos acontecimientos ocurridos en Francia
El Viernes 13, en el
cine-club Luís Buñuel de Elche, mi casa, vimos una película de la
directora francesa Marrie-Castille Mention-Schaar “La profesora de
Historia”, que describe el ambiente en una clase conflictiva y
multicultural de un Instituto de las afueras (la banlieue) de París. Eran
alumnos adolescentes, desarraigados, sin ningún interés por los estudios hasta
el punto de convertir la clase en un campo de batalla. Es interesante la tesis
que sostiene la película, la necesidad de la educación, el esfuerzo titánico de
la profesora de historia por integrar a los alumnos (“Los herederos”, o podríamos
llamar “la tercera generación) a través de su participación en un concurso
sobre el holocausto nazi. El trabajo de investigación colectiva motiva a estos
adolescentes desarraigados hasta el extremo de hacerles asumir esa
historia como propia y responsabilizarlos de su presente. La
película narra un hecho
real.
Esa misma
noche ocurrió la matanza de París, que tanto nos ha horrorizado.
Inmediatamente establecí una relación. ¿Cómo se puede explicar la
actuación de estos jóvenes terroristas?
El Estado islámico intenta
actualmente con los medios tecnológicos más sofisticados y con la riqueza del
petróleo, invadir el mundo entero y someterlo a los designios de un Islam hecho
a su medida. Movidos por el fanatismo, en lucha cruenta de unos contra otros,
han hecho del crimen su consigna, que no acaba
jamás.
Me ha emocionado la unidad de los
franceses en la defensa de sus libertades y la condena del terrorismo, más allá
de los partidismos, unidos por el himno de la Marsellesa. Frente a esto me he
aburrido escuchando, como siempre, las peleas en la televisión entre gente de
distinto signo político acerca de este drama. Los españoles no tenemos
remedio.
Otra cosa es que después
de esto nos planteemos lo que hemos hecho mal en el pasado para que vivamos
este presente. Todavía recuerdo la foto de Bush, Blair y Aznar en las Azores,
que acordaron la invasión de Irak porque poseía armas de destrucción masiva. Cosa
que todavía no se ha comprobado.
Esto no justifica en absoluto la actuación de
estos nuevos bárbaros que intentan justificar sus crímenes contra la Humanidad
y el sometimiento de las mujeres en nombre de Alá, un dios al que han
convertido en criminal. Porque quien mata en nombre de Dios convierte a Dios en
asesino.
Es necesario un pacto
antiyihadista en defensa de nuestros valores y libertades, la unidad de todos
los países democráticos para luchar contra el terrorismo. Pero, además, habría
que pensar qué ocurre en la mente de estos jóvenes y adolescentes erigidos en
protagonistas de esos crímenes. Son adolescentes desclasados, sin convicciones
ni ideales, la tercera generación de inmigrantes europeos, franceses sobre
todo, el que ha sido elegido por el estado islámico para ser el brazo ejecutor
de sus crímenes. Esto les de seguridad, dinero y la posibilidad de convertirse
en héroes. Contra esto hay que luchar en el sentido de la película, con el
esfuerzo titánico de una educación como la que proporcionó la “Profesora de
Historia”, sabiendo que es una solución a largo plazo, pero segura. Es
necesario realizar este esfuerzo porque de lo otros no nos salva nadie.
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